La fase del “nido vacío” inicia cuando los hijos dejan el hogar para vivir de forma independiente. Ocurre en la madurez, entre los 40 y los 55 o 60 años, y es el estadio previo a la vejez.
Según el psicólogo Erik Erikson, el mayor reto de la madurez es la generatividad vs. el estancamiento; es decir, el adulto maduro se caracteriza por el deseo de compartir y guiar a la siguiente generación, enfoca la mayor parte de sus capacidades para resolver cuestiones a corto plazo sobre la familia, cónyuge, y responsabilidades sociales y laborales.
Es común escuchar que el nido vacío es un síndrome, o un padecimiento, que cursan todos los padres cuando los hijos se alejan del hogar; que produce diversos síntomas, como sentimientos de abandono, depresión y preocupación por el bienestar de la familia. Sin embargo, estos síntomas no siempre aparecen, algunos padres incluso llegan a disfrutar de ese proceso de transición, que además suele ir acompañado de una extensión de familia y de convertirse en abuelos.
Algunas razones por las que el síndrome del nido vacío no se presenta tan comúnmente son las siguientes: en nuestra sociedad solemos tener contacto frecuente entre todos los miembros de la familia, aunque los hijos se muden, tienden a buscar residencia cerca de la casa de los padres. También ocurre que este periodo de nido vacío se da únicamente por un tiempo y no de manera permanente, por ejemplo, cuando los hijos estudian la universidad lejos de casa y posteriormente regresan hasta estabilizarse económicamente. La situación económica también propicia que los hijos dejen el hogar a una edad más tardía. No por nada los mexicanos conformamos “familias muégano”.
Más tarde o más temprano, el hecho de que los hijos se vayan de casa, plantea a los padres un reto importante para la vida futura, ahora la pareja pasará más tiempo dedicados el uno para el otro, podrán seguir nutriendo la relación y hasta tener un espacio extra en el hogar.
Si como padres, la sensación de que los hijos se vayan de casa está comenzando a ser fuente de preocupación y sentimientos de tristeza, aquí hay algunas recomendaciones para evitar el síndrome de nido vacío:

1. Adaptarse al nuevo espacio.
Cuando es un hecho que un hijo ha dejado la casa de los padres (por ejemplo, porque ha formado una nueva familia) es tiempo de redecorar, utilizar la habitación y sus espacios, y pensar en emplearlos para algo propositivo. Una antigua habitación puede fácilmente convertirse en un estudio o un pequeño gimnasio. Los padres deben atesorar el paso de sus hijos en el hogar, pero también generar nuevos recuerdos.
2. Revisar necesidades.
Con la reducción del número de miembros en casa, otra opción es buscar un espacio más chico para vivir. Si se trata de adultos mayores, buscar un espacio de una sola planta, sin desniveles, con puertas y accesos amplios, puede convertirse en una prioridad. Esto además puede implicar beneficios económicos a largo plazo.
3. Dar calidad al tiempo.
Ahora que la familia se ha vuelto más independiente compartirán menos tiempo, pero esto no significa que se reduzca la calidad del contacto. Los momentos juntos deben aprovecharse para compartir las experiencias positivas y apoyarse en las negativas. Es momento de dejar a un lado los pequeños reproches que sólo causan malestar y muchas veces resultan insignificantes.
4. Reencontrarse como pareja.
La vida en pareja puede revivir en esta etapa. El afecto, la amistad, la sexualidad y otras facetas de la vida en pareja que se veían sofocadas por tener a los hijos en casa pueden cobrar vital importancia. Las parejas de cualquier edad pueden disfrutar de su sexualidad y compañía, más ahora que tienen “el nido vacío”.
5. Mantener el interés, pero sin hostigar.
Es normal que los padres sientan preocupación por la vida de sus hijos aunque estos ya sean adultos independientes, nunca está de más una llamada telefónica o una visita. Sin embargo, si éstas se vuelven rutinarias y obligatorias se puede desgastar la relación. Es importante mantener un equilibrio y respetar la independencia de las familias.