Las cinco Islas Baleares sorprenden por su variedad. En ellas encuentras vestigios de civilizaciones pasadas, historias de piratas, museos al aire libre y paisajes de ensueño
Mallorca: el arte de la navegación
LA mayor de las Baleares esconde en lo más profundo de su historia el origen del descubrimiento del Nuevo Mundo. Más allá de la riqueza de su paisaje o la tranquilidad de sus costas, Mallorca, a mediados del siglo XII, se convirtió en un centro de saberes náuticos que proveía planos de los puertos (llamados portulanos) a los navegantes que llevaban sus barcos hasta los lugares más recónditos del mundo conocido por aquel entonces.
La importancia que adquirió el tráfico marítimo en la isla se manifestó especialmente en el puerto de Palma donde se desarrollaron multitud de actividades relacionadas con la construcción naval y sobre todo con la creación de cartas náuticas, en cuya elaboración la comunidad de judíos mallorquines desempeñó una labor esencial. Si bien ellos no eran propiamente navegantes, conocían los avances en matemáticas y astronomía de los sabios de Bagdad y Al Ándalus y su aplicación a la cartografía y a la navegación.
De los talleres de estos judíos mallorquines salió una de las joyas de la Edad Media: las cartas náuticas más antiguas que se conservan en la actualidad y que datan de la tercera década del siglo XIV.

Hubo dos nombres que destacaron sobre los demás: Abraham y Jafudà Cresques, dos cartógrafos mallorquines que recibieron el encargo del rey de Aragón y Cataluña, Pedro IV el Ceremonioso, de confeccionar un gran mapa en el que se incluyesen todas las partes del mundo. Ellos dieron vida a la obra maestra de la cartografía medieval europea: L’atles català (El atlas catalán) cuyo original se conserva en la Biblioteca Nacional de París.
En 1375 Abraham y su hijo dibujaron en seis hojas el mundo hasta entonces conocido: Europa, África y Asia (este último continente era reconocible por primera vez en la historia en su totalidad).
Otra novedad fue la introducción de la rosa de los vientos en una carta náutica y la inclusión de las Islas Canarias, de las que se aportaba además información detallada de sus accidentes geográficos.
Se cree que Jafudà Cresques llegó con el tiempo a dirigir el taller cartográfico fundado en la ciudad portuguesa de Sagres, cuyo papel fue crucial en el desarrollo de instrumentos y técnicas de navegación que harían posible viajar por mar más allá del Mediterráneo. De hecho, Américo Vespucio (se cree que fue el primer europeo que comprendió que las tierras descubiertas por Cristóbal Colón eran un nuevo continente) se valió de un portulano mallorquín hecho en Portugal para viajar al Nuevo Mundo. Para muchos, sin las cartas naúticas de la familia Cresques, el genovés no habría llegado al nuevo continente.
Menorca: el diálogo del viento y la piedra
MEZCLA de paisaje bretón y de blancura desértica, Menorca es un mundo aparte dentro de las Baleares. Sus restos prehistóricos son únicos en todo el Mediterráneo y el hecho de haber estado bajo dominio inglés durante casi todo un siglo ha influido en las costumbres y el carácter de sus habitantes. Ese cúmulo de factores hizo que en 1993 la UNESCO declarara la isla reserva de la biosfera. De esta manera se consagraba su carácter de microcosmos en el que se conservan paisajes, monumentos y tradiciones en estado de envidiable integridad.
Muchas son las formas que se utilizan para hablar de Menorca, pero sólo dos explican su esencia. Sus gentes se refieren a ella como ‘Sa Roqueta’ (la roca pequeña) o la ‘Isla del Viento’. Precisamente son éstos los elementos que la hacen especial.
Cuenta la leyenda que la tramontana, ese viento que se ensaña con la isla desde abril hasta julio, arrasando sus tierras y quebrando sus bosques, posee la propiedad de modificar las conductas humanas. El diálogo del viento con la piedra es casi inevitable pues la isla puede presumir de ser un auténtico museo al aire libre. En su pequeña extensión se concentran más de dos mil monumentos árabes, cristianos y, sobre todo, megalíticos. Hay tal cantidad de yacimientos que todavía no están enteramente catalogados. Y es que Menorca esconde un mundo en su interior.
Cabrera: entre piratas y fondos marinos
A poco más de una hora en barco desde Mallorca, el archipiélago de Cabrera constituye el mejor exponente de ecosistemas insulares no alterados del Mediterráneo español. A pesar de su reducido tamaño, Cabrera ha sufrido numerosos avatares con el transcurrir de los tiempos. Muchos pueblos han recalado en estas costas: fenicios, romanos y bizantinos buscaron aquí refugio, alimentos y agua. Muchos otros perecieron en el intento.

Durante los siglos XIII y XIV la isla de Cabrera era una de las bases de los piratas berberiscos para atacar las costas mallorquinas. Por este motivo, ya en el siglo XIV, se construyó una fortaleza en la entrada del puerto. Cuando los vigilantes divisaban un barco pirata, lo comunicaban con señales de fuego a las atalayas del sur de Mallorca, y de allí al resto de la isla. Una de las penas más duras, peor incluso que ir a galeras, era la de ser vigía en esta pequeña isla.
Aunque se han dado muchos intentos de repoblar Cabrera, lo cierto es que, desde que fue expropiada por intereses de defensa nacional, todavía no se ha podido lograr. Aún así, la isla no está deshabitada. En ella viven los militares encargados de su protección y los dueños de la única cantina que continúa abierta. Ellos son los encargados de alimentar a todos los turistas interesados en conocer este pequeño archipiélago que esconde, en el fondo del mar, multitud de corales y estrellas de mar. Tampoco habría que asombrarse si se ve un delfín mular.
Ibiza y formentera: noches y días infinitos
SON las dos caras de una misma moneda, las llamadas Pitiusas. Visitar la primera supone, irremediablemente, una escapada a la segunda. Fiesta, relax, playas y cultura conviven en esta parte del Mediterráneo.
Ibiza o Eivissa, como se la conoce, es famosa por sus playas, sus calas y por su interminable vida nocturna. Pero hay algo más. Dalt Vila, la parte antigua de la ciudad es, sin duda, uno de los puntos con mayor atractivo. Fue declarada Patrimonio de la Humanidad en 1999, junto a otros lugares como la necrópolis de Puig des Molins, el poblado fenicio de sa Caleta y las praderas de posidonia del Parque Natural de las Salinas. Su capital parece una ciudad medieval alzada sobre su muralla, con los perfiles del castillo y la catedral, pero si se accede a ella, la mezcla de culturas y ese aire bohemio de los hippies que un día poblaron el lugar aún se notan.
Formentera sigue siendo la más tranquila de todas las Baleares, a pesar de haber cambiado mucho los últimos años. Su fragancia es su mayor tentación, las hierbas aromáticas crecen en abundancia y el perfume de los pinos, el romero salvaje y el tomillo, acompañados por la salada brisa mediterránea, crean un cóctel de aromas capaz de causar adicción. Multitud de artistas, como Bob Dylan o Pink Floyd, han encontrado inspiración en ella. La pequeña de las Pitiusas se ha convertido en un lugar de culto, por sus playas kilométricas, acantilados rocosos, bosques de pino… y las aguas saladas de los lagos S’Estany de’s Peix y S’Estany Pudent.